Con
la investigación, el desarrollo y la innovación la sociedad suele
pasar de unos estados a otros estimados mejores. Podemos pensar en
muchos ámbitos, situaciones o niveles vitales que han mejorado
progresivamente a lo largo de la vida humana: la alimentación, la
salud, la sanidad, la educación, la cocina, el hogar, etc. Con los
primeros rudimentarios utensilios largamente utilizados por nuestros
remotos de la especie y todos los demás descubrimientos hasta las
prolíficas investigaciones actuales la especie humana trata de
dominar el medio y buscar un estado de bienestar cada día mejor.
Obviamente hay momentos de penuria individual o colectiva que
condicionan ese deseado estado de armonía y felicidad en el medio.
Pero,
aunque sean bienvenidos algunos resultados de las actividades que
expresamos con I+D+i, nos queda la nostalgia de algunos tiempos
pasados. Así ha ocurrido a lo largo de la historia y seguirá
ocurriendo. Los descubrimientos pueden ser fruto tanto de la
sistematización y la metodología como de la aleatoriedad o
casualidad. Por ejemplo, resultados tan simples como la fregona no
tienen cuantitativamente menos uso que otros cualitativamente más
trascendentes y sujetos a mayores estudios y perfeccionamientos. Y
estos resultados inherentes al cambiante progreso nos abocan de modo
inexorable al seguimiento de nuevos modelos o pautas en las
relaciones sociales, familiares, laborales, etc. A veces, los
condicinantes son tan grandes que apenas hay opción para elegir
otras alternativas. Así está ocurriendo con esta larga y sentida
convivencia con la bombilla eléctrica.
Sí.
Hoy estoy contigo, mi querida bombilla incandescente. Desde tu
partida de nacimiento, situada en 1879, eres de los entes más
queridos en todo el mundo. Thomas A. Edison es quien te adoptó,
comprándote a tus padres y tuvo la habilidad de acicalarte, de
hacerte atractiva y de tener muchas hijas contigo y ofrecerlas como
novias por todas partes durante 133 años. Y todas vosotras siempre
habéis sido deseadas en la cocina, en la cama, en el salón, en la
calle, en la discoteca, en la oficina, en la fábrica,... ¡Qué
felices levantándonos de la cama en vuestra presencia y, después de
estar según los casos más o menos horas del día con vosotras,
acostarnos y, mirándonos mutuamente, cerrar juntos los ojos!
Pero,
mi amiga, la rama de vuestra genealogía en Europa está a punto de
extinguirse. Dicen que el diagnóstico no da opción a la curación:
tienes mucha fiebre, y la red que te sostiene según los facultativos
la malgastas en calor con un 95% del consumo eléctrico y el brillo
de tus ojos sólo ofrece una tenue luz del 5%. Dicen que tu vigor
juvenil de muchos años atrás ha dado paso a una inevitable senectud
en declive. Así es la vida y todo pasa. ¡Querida bombilla mía,
cuantas horas has estado a mi lado fiel, en el ocio y en el trabajo!
Allí solos, tú y yo en el habitación preparando unos exámenes,
leyendo o estudiando, trabajando o jugando. ¡Querida mía, otros te
olvidarán, pero yo, aquí, en tu lecho de muerte y siempre, te
prometo que te seguiré recordando!
Ahora
voy a explicarte como han dictado tu eutanasia, por no decir algo más
fuerte. Lo puedes ver en la DIRECTIVA Ecodesign
2009/125/CE del Parlamento Europeo y del Consejo de 21 de octubre de
2009, publicada en el Diario Oficial de la Unión Europea el 31 de
octubre de 2009, por el que se instaura un marco para el
establecimiento de requisitos de diseño ecológico aplicables a los
productos relacionados con la energía, que obliga a sustituir las
bombillas incandescentes por otras tecnologías que contaminen menos
y contribuyan al ahorro energético. No obstante, dice esa Directiva
que podrán venderse mientras no se agoten las existencias. Las
alternativas son las bombillas halógenas, fluorescentes compactas y
de led. Éstas, las de tecnología LED, ofrecen actualmente la mayor
eficiencia energética. No obstante, en septiembre de 2016 la
medida afectará también a los halógenos de mayor consumo. El
proceso comenzó en la Unión Europea en 2009 cuando se retiraron las
bombillas de 100 vatios. En 2010 dejaron de fabricarse las de 75
vatios, posteriormente las de 60 vatios y en 2012 las restantes.
Debido
a esta normativa sobre alumbrado eficiente, tanto las empresas como
las administraciones han tomado medidas para sustituir las bombillas
incandescentes por nuevos sistemas, especialmente LED.
Los
led son diodos emisores de luz con una vida útil que puede alzanzar
las 50.000 horas, equivalentes a seis años de funcionamiento
ininterrumpido las 24 horas del día. Además, consumen entre el 80%
y el 90% menos de energía que las incandescentes con luminosidad
equivalente y emiten hasta diez veces menos CO2.
Las
llamadas bombillas o lámparas de bajo consumo parece que tienen
muchos detractores y que no son recomendables para casos de
encendidos y apagados frecuentes. Este problema no lo tienen los led.
Bienvenidas
sean todas las medidas que contribuyan al cuidado del medio ambiente,
al ahorro energético y, en consecuencia, al ahorro económico.
Ahora
bien, lo que la humanidad en general le debe a la moribunda bombilla
incandescente es mucho. Por eso deberíamos erigir monumentos en
nuestras plazas a algo que tan vinculado estuvo a nuestras vidas. Lo
mismo que a nuestros difuntos los recordamos y homenajeamos de muy
diversas maneras, a nuestra bombilla la debemos recordar después de
una estrecha y larga convivencia.
Querida
bombilla, mi querida bombilla, lo que te pasa a ti nos pasará a
todos. Podrán recordarnos u olvidarnos, alabarnos o vituperarnos,
pero el fin es el mismo. La vida sigue renovándose con otros. Tú y
yo nos iremos. No sufras, pues estamos de paso.
José
Ramón de Merelas




